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domingo, 17 de marzo de 2013

Sequía

La polvareda a la distancia era un síntoma de que alguien había equivocado el rumbo. Hacía bastante que no pasaba esto, y Pietr pensó que era tiempo de acomodar un poco el local. Los pozos y las piedras del camino no permitían viajar muy rápido, ni siquiera con vehículos todo terreno. No iba a bañarse, el tiempo no era tanto, pero sí acomodar las cuatro mesas que tenía en el local, encender el generador para enfriar algunas bebibles, pasar un lampazo y tener café listo. Repasó todo mentalmente, y entendió que tenía que tener también un poco de fiambre y queso y pan, por si los perdidos estaban con hambre. Recordó que en estos casos siempre lo primero que le pedían era bebibles, pero los comibles venían en segundo lugar. Siempre.
       Cuando creyó tener todo listo, caminó unos pasos para ver el cartel de su negocio. La última vez el tornado había tumbado una letra, y le dio bastante rabia que los perdidos le dijeran que el nombre de su negocio era impronunciable. Siguieron riendo aún cuando les explicó que era Eckskyp  y no ckskyp  que deberían haber notado la sombra de la e que faltaba, porque siempre los cuerpos proyectan su sombra sobre el fondo que los contiene. Como cuando hay un vaso sobre la mesa y el polvo que entra por la ventana cubre la mesa. Al quitar al vaso, quedará la marca sin polvo. Pero esos perdidos seguían riéndose, y Pietr dejó de dirigirles la palabra.
Torció un poco la boca a punto de sonreír porque el nombre estaba completo esta vez. Sin embargo, se puso serio nuevamente ya que recordó que hacía tiempo no controlaba que su arma estuviera en condiciones. No podía reconocer las intenciones de los perdidos por el polvo que levantaban en el camino, y entonces siempre era mejor estar prevenido. Pero tampoco podía saber cuándo aparecería un perdido nuevo. Ya casi no recordaba cuánto tiempo había pasado antes de esta vez. Sí que recordaba que habían sido dos señoritas muy ancianas y muy amables, como pocas veces lo habían tratado bien. En especial la que parecía la mayor, Miss Hantington, que sonreía todo el tiempo y rara vez había recurrido a la tan fea ironía inglesa. Pero estuvieron en Eckskyp poco tiempo, y Pietr lo lamentó bastante.
La polvareda se había detenido. Guardó el arma después de comprobar que disparaba bien, y cargarla nuevamente, en la pechera de su jardinero, y caminó bajó el sol, frunciendo el ceño para evitar el rayo directo en los ojos. Debía ser el mediodía, y llegó a pensar que no podría caminar todo el trecho hasta donde se había detenido el polvo, así que volvió sobre sus pasos a buscar la bicicleta. De paso, llenó un jerrican pequeño con agua que acomodó en el portaequipaje. También se calzó el sombrero y un trapo húmedo para cubrirse la nariz y la boca. A esa hora, los insectos estaban furiosos por el calor y no era extraño que se metieran por los orificios a buscar tranquilidad, como los perdidos.
Después de haber recorrido unos quinientos metros pensó si no hubiera sido un gesto llevar también algún comible. Pero se le hizo que el agua estaba bien, un bebible en medio del calor es lo que cualquier perdido espera, y él aparecería de la nada en su bicicleta a ofrecerle agua. Rió fuerte y con la boca abierta, pero el trapo húmedo apagó el sonido de su risa enseguida. Volaron unos cuervos, de cualquier manera, que salieron de los arbustos de ramas retorcidas, con espinas más que hojas, y que parecen retorcerse en su desesperación por conseguir algo de agua que les permita verdear solamente un poco en ese calor rojizo al que la lluvia parece evitar de cualquier forma, y solamente cae una o dos veces en el año,  a finales de la primavera y del otoño. Pietr levanta un poco la cabeza para ver a la distancia, tratando de esquivar  el ala del sombrero, y nota que la polvareda sigue detenida. Supone que los perdidos se han quedado sin combustible, y que estarán muy contentos cuando él les diga que puede venderles un poco para continuar el viaje, pero que mejor vayan hasta Eckskyp donde hay más bebibles frescos y algunos comibles que ha preparado él mismo con esas mismas manos que ahí ven, sí señor, aunque no lo crean en medio de esta nada seca hay animales sabrosos, ya lo verán.
Algunos perdidos le plantearon a Pietr asociarse con él, y transformar Eckskyp en un hostel del desierto para turismo aventura. Cree que fueron aquellos que estuvieron antes que las señoritas inglesas, porque le parece haber comentado el tema con Miss Hantington, pero no puede estar seguro. Sí está seguro que negó enfáticamente con la cabeza, no señor, Eckskyp es un lugar de descanso, aquí no hay ruido ni bullicio de cubiertas aplastando las piedritas en la tierra rojiza, ni muchachotes correteando señoritas en bicicleta para su turismo aventura. Eckskyp solamente ayuda a los perdidos a encontrar descanso. Eso es todo, si señor. Y Pietr no tiene intenciones de irse de ahí, porque tiene todo lo que tiene y esto es lo que tiene que tener. Miss Tompkins rió por única vez con esa frase, y torció un poco la boca, pero se contuvo de hablar. Igualmente Pietr entendió la fina ironía inglesa y gruñó un poco. Miss Hantington le pidió un bebible entonces, y Pietr no se dio cuenta de la maniobra de la otra señorita para evitar el problema, y Pietr buscó un bebible bien frío para la señorita Hantington y luego salió a revisar que el cartel estuviera completo, y acomodó los silloncitos de la entrada al local. La señorita Tompkins se disculpó con él más tarde, pero ya era demasiado tarde pensó Pietr mientras le estrechaba la mano como un gesto amigable, pero deseó que no volviera a abrir la boca esta señorita, y como gesto de amistad le pidió que fuera a buscar un poco de carne al sótano para preparar la cena. Y por suerte los perdidos que querían robarle la tranquilidad también estuvieron poco tiempo en Eckskyp.
Pietr ha pedaleado una buena media hora cuando se detiene para orinar. Le gusta ver el charquito que se forma, y cómo desaparece casi de inmediato. Hasta imagina que la tierra le agradece la pequeña meada porque le da un momento de respiro en tanto secor. Cuando vuelva a montar la bicicleta, la mancha de orina y las gotas de semen se habrán evaporado por completo. Pietr tuerce un poco la boca mientras cierra el cierre y observa sus fluidos fundirse en el polvo rojizo y seco de nuevo como si no hubiera pasado nada. Bebe un poco de agua, apenas porque seguro los perdidos la necesitan más que él, y humedece un poco el trapo para seguir pedaleando.

Fernando Berton
Copyright: Marzo 2013

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