viernes, 9 de noviembre de 2018

Solo dos problemas



Roberto Fontanarrosa decía tener solamente dos problemas para jugar al fútbol: la pierna derecha y la pierna izquierda. A mí me pasaba exactamente eso. Creo que no obedecían las órdenes que les daba. Reaccionaban a destiempo, frenaban al momento de picar y golpeaban al rival por no atinarle al cuero. Recuerdo solamente dos ocasiones en las que parecí vencer esas incapacidades. Una fue cuando, a falta de un compañero de cuarto año (yo estaba en quinto), me pusieron en el otro equipo. Tal vez porque nadie esperaba nada de mí, esa tarde estuve presente en las dos áreas, salvé un gol, hice otro y asistí para que otro convirtiera. De más está decir que mis habituales compañeros me putearon bastante por jugar bien (este hecho merecería analizar la cuestión del punto de vista: siempre me puteaban por jugar mal, y una vez que jugué bien, pero en otro equipo, también me putearon)

En otra ocasión, algunos años antes, tuve también un desempeño destacado una tarde en el complejo deportivo junto a la cancha de Lanús, al que accedíamos colándonos por una casa abandonada. Como solía ocurrir, armamos un picado con otros que estaban ahí, y de los que no sabíamos nada, así que el azar me puso en uno de esos bandos mezclados. En ese partido tuve la visión para poner pases al vacío, frente el avance de un delantero que terminó convirtiendo, y marqué un gol de cabeza, único en toda mi carrera. Volví a casa no digo que en andas pero sí con una alegría inmensa.
Nunca más me pasaría. De hecho, la última vez que estuve en un partido, yo estaba en el banco de los suplentes mientras mi equipo jugaba con uno menos.

Pasaron los años y por culpa del cigarrillo ya no pude jugar al fútbol, ni a ninguna otra cosa. De hecho hoy, si veo que se va el último tren, no puedo correrlo, a fuerza de quedar sin aire. Me dediqué a escribir, a estudiar, a veces a dar clases. Pero ciertamente, si me dieran a elegir entre el nobel de literatura y jugar un partido, lo pensaría muy seriamente.


Fernando
Noviembre
MMXVIII

 

jueves, 8 de noviembre de 2018

Un mundo "customizado"

Clase Pública - Buenos Aires - 2018




El vocablo inglés “Customize” significa hacer o modificar algo de acuerdo a especificaciones personales o únicas. Esto, en castellano, se traduce como “personalizar”; y entendemos que solamente se puede personalizar algo que es de fabricación en serie, la gran paradoja del mundo individualista: la producción en masa, industrial, es cada vez más amplia y abarca todos los sectores de la economía. Y cuando el mercado local dejó de ser suficiente para el crecimiento de los países y sus grandes corporaciones, se han ido a la captura del mercado global.
De manera paralela, un nuevo marco para la cooperación público-privada global[1] ha ido tomando forma. La cooperación público-privada consiste en aprovechar el sector privado y los mercados abiertos para impulsar el crecimiento económico para el bien público, teniendo siempre en cuenta la sostenibilidad ambiental y la inclusión social. Sin embargo, para determinar lo que comprende el bien público, primero debemos identificar las causas de la desigualdad
La llamada “cooperación” entre los ámbitos público y privado suele ser engañosa, como toda realidad sensible, y nos lleva a que estos cambios que se proponen “desde cero” (como se aprecia en el artículo citado) y que tengamos que hacer “estemos listos o no” nos plantea la pregunta de si habrá, en este nuevo modelo, otra vez ganadores y perdedores. Porque, ¿quiénes serán los que lleven adelante los cambios? Lo más posible es que sean motorizados por grandes grupos concentrados, como el propio Foro Económico Mundial, del que tomamos esta declaración, y que tienen resto para poder empezar algo de cero y financiarlo. Las personas que viven de sus salarios, y llegan con lo justo a fin de mes, ¿cómo harían para empezar “desde cero”, “estando listos o no”?
Al final de la cita se habla de “Identificar las causas de la desigualdad”, y que parece perseguir una lucha por un mundo global e igual. Sin embargo, y a riesgo de extralimitarnos en la opinión, no parece que haya que hacer grandes estudios para saber cuáles son las causas de la desigualdad: las prebendas que los “ámbitos privados” obtienen de los “ámbitos públicos” en perjuicio de los millones de trabajadores asalariados, emprendedores y marginados tienen una preponderancia casi insoslayable, salvo que se quiera ocultar que ese intento por identificar desigualdades generará recursos para consultoras que harán planes y proyectos para determinar que los ricos son ricos y los pobres, pobres. Mientras tanto, habrán generado empleo ficticio, agrandado la brecha tecnológica entre los países avanzados y el resto, creado conceptos como “gobernanza”[2] y aumentado las arcas de las grandes corporaciones globales. Y vendrá luego la “Globalización 6.0”, si es que llegamos vivos a tal situación.
Entonces, la “personalización” de la que hablamos al comienzo se plantea como algo que estaba en la sociedad cuando parecía ser menos individualista: la ropa y el calzado, por ejemplo, se hacían a medida. Tanto es así que el actual mundo global nos ofrece soluciones “Taylor-made”, es decir, por un sastre. A Medida, en una palabra. La sociedad industrial parte de la premisa de que todos los habitantes del planeta encajarán en sus talles preestablecidos, en la ropa “lista-para-usar” y que eventualmente habrá que hacerles unos ajustecitos (dobladillos, acortar mangas, etc.) Cosa que no ocurre con el calzado, ya que no hay forma de achicar o agrandar un zapato. El progreso, entonces, masifica. Pero, para lograr su objetivo, manda mensajes personales. Ha “customizado” la publicidad. Y mucho más aún en estos tiempos de internet en los que las cookies pretenden “mejorar nuestra experiencia con anuncios de acuerdo a nuestras expectativas”. Y eso presume que la única razón por la que una persona visitaría internet sería comprar cosas. No estaría buscando información, leer un artículo periodístico, ver una imagen de un lugar desconocido, consultar un diccionario, etc. El progreso, parece, solamente ocurre si se vende cada vez más, si hay más ganancia.
No es que estemos en contra del progreso. Pero nos preguntamos para qué tanto progreso que genera, año tras año, más marginación y solamente incrementa la brecha entre ricos y pobres,[3] que no ha dejado de crecer entre 1980 y 2015 como puede apreciarse en el gráfico a continuación:


Esto se mantiene como tendencia en los últimos treinta y cinco años, por lo que no podemos suponer que cambiará con la nueva Globalización 4.0 (que, por lo demás, no queda muy claro en qué consiste).
En suma, la idea que queremos transmitir es que el progreso económico está reservado solamente a los sectores más ricos de la población (la sola idea de ricos y pobres valida el concepto de sociedad desigual, cosa que se corrobora también con la existencia de un organismo llamado “Laboratorio mundial de inequidad”) y que seguirá siendo así a menos que se modifiquen fuertemente los conceptos de bienestar. Haber dejado que todo logro se mida por la ganancia en dinero hace que esto se retroalimente. Por caso la candente realidad de Honduras, que en estos días es un gran foco de tensión por la marcha hacia Estados Unidos de una enorme caravana de migrantes por territorio mexicano. Veamos qué dice el Foro Económico:
Aunque el país creció a un ritmo del 4,2 en 2017, seis de cada 10 personas viven en la pobreza y cuatro en la extrema pobreza y ni siquiera pueden comer una vez cada día. Sufre además la presión fiscal más alta de la región y las compañías de luz, agua y gas ejercen sin piedad estándares de cobro del primer mundo en un lugar con más de cinco millones de pobres.[4]
Entonces, ¿qué clase de crecimiento es ese que mantiene en la pobreza a la mayoría de la población? Sin llegar a esos extremos, hemos sufrido momentos similares en Argentina, donde el “crecimiento” de las compañías privadas a costa del patrimonio público (como la epidemia de privatizaciones que azotó al país en la década de 1990) terminó en una de las peores crisis en la historia argentina. Hasta ahora, claro, que se está incubando algo similar.
Mientras tanto, habrá que seguir luchando por una sociedad en la que ser exitoso también consista en ser felices a partir, también, de tener sueños, disfrutar de un descanso, de una buena lectura o de una sonrisa. Todas esas cosas, como puede apreciarse, no están valoradas en dinero, y es por eso que aparecen siempre asociadas en las publicidades de bienes transables: nadie puede vender una sonrisa, salvo mediada por un anuncio comercial. El dinero, como bien decía un aviso de una tarjeta de crédito, está para “todo lo demás”. Es por eso que los avisos publicitarios asocian la felicidad a un bien y no nos muestran las características de los productos. Nos sugieren (en verdad, hay que ser justos, no es que lo digan) que seremos felices comprando tal o cual objeto, cuando deberían decir que nuestra vida sería, acaso, más confortable (es innegable que un sillón es más cómodo que sentarse en un cajón de verduras). Pero no por eso seremos más felices.
La conclusión, querido lector desprevenido, es que este mundo personalizado lo está para los dueños del dinero más que para nosotros, simples mortales, que nos esforzamos con fuerza para llegar, no digamos ya a fin de mes, sino lo más lejos que se pueda.


Fernando Berton
Noviembre, MMXVIII


[2] gobernanza 1. f. Arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía
[3] Fuente: World Inequality Lab,  https://wir2018.wid.world/files/download/wir2018-summary-english.pdf Nótese que esta brecha es tan importante que el reporte ni siquiera menciona a América Latina como región, solamente aparece Brasil.
(Última versión consultada: 07NOV18)
(Última version consultada: 07NOV18)

martes, 23 de octubre de 2018

Ocaso, lamento, tribulaciones


Ciertos atardeceres de noviembre tienen el consuelo de no ser tan calurosas como presagió la tarde que serían. Un viento leve, una curva en la nubosidad, una disminución de trabajo hacen que el ambiente sea más respirable.
Así es que uno puede ir por donde va sin que se pregunte mucho para qué, con qué objetivo, si hay algún lugar específico que quiera revisar, o poner de relieve frente a cosas que no se dicen.
Por ejemplo, decir textualmente lo que el personaje no dijo. Lexicalizar lo no dicho, como en Tres monedas de Jorge Consiglio. No recuerdo haber leído algo así.
Pero qué se yo, no tenía mucha idea de lo que quería decir. Solamente que está de más toda esta tarde. Escucho voces que no me interesan. Espero la hora de irme, de caminar un poco, de tomar un café por ahí (aunque sea virtual), sacar alguna foto.
Algo de eso pude hacer después del almuerzo, fui a buscar el sobre del aeropuerto, pero tuve que volver a la oficina, a las voces, al mundo que no quiero pero que es el que me permite mantenerme hasta mediados de mes, aproximadamente.
No es que me queje de todo todo el tiempo, supongo que no es posible vivir de esa manera, pero tampoco quiero aceptar todo todo el tiempo sin chistar, sin pensar. Me parece que la cuestión está ahí, en que nos pidan aceptar sin pensar, porque a medida que pensamos nos damos cuenta de la manera en que somos coartados para hacer lo que nos piden.
El gran triunfo del capitalismo moderno es haber inventado una sociedad súper individualista para que todos hagamos lo que ellos quieren: consumir. Escuchamos a cada rato que hay que respetar al otro, que cada uno quiere ser quién es, que hay que hacer lo que nos dé la gana y cosas por el estilo. Y al rato los vemos salir corriendo a comprar un disco de Maluma, a usar pantalones rotos (nuevos, claro, rotos de viejos no se aceptan), a morir en el intento de llegar a lo más alto de la pirámide cuando sabemos que en los últimos cinco metros nos van a tirar aceite o algo para que no lleguemos. Y la caída será final.
Yo hasta aquí llegué. Sé que me estoy comprando un problema enorme porque lo poco que gano para llegar a mitad de mes viene de acá. Pero la verdad es que no tengo más ganas. No era este el futuro que yo esperaba cuando era chico y nos decían que en el año 2000 el mundo iba a ser muy tecnológico y todo lo haríamos apretando un botón. Algo de eso hay, pero también es mucho más injusto, sigue habiendo gente con hambre aun cuando los cultivos y las granjas hacen crecer más plantas y animales que nunca antes en la historia de la humanidad.
Y sin embargo, seguimos siendo crueles con los que hablan otra lengua, tienen algún defecto físico, son mujeres, de Boca, vegetarianos, descendientes de los asirios, lectores de novelas románticas o pensadores free lance para las grandes cadenas de medios de comunicación. No hemos logrado ni un poco de amor por los otros sino es para sacarles plata. Esa poca que ganan para llegar a mitad de mes y que se va en impuestos, en servicios, en pasajes.
Yo hasta aquí llegué, insisto. No me pidan mucho más que esto.
Sigo adelante porque tengo razones de índole afectiva: hijos, mujer, amigos, algún deseo de leer cosas nuevas y escribir algo interesante alguna vez. Me gustaría asistir a la presentación de un libro mío como la gran cosa, aunque sé que es solamente una tarde, un momento efímero que se desvanece tan pronto como llega la hora de cerrar. Pero sería la culminación de todo el proceso de la escritura, de haber dado con alguien que quiera publicarlo, de encontrar una voz ahí donde no estaba, de volver a sentir en la sangre esa corporeidad intangible que se produce cuando imaginamos una situación y se va materializando en una sucesión de palabras y oraciones y párrafos hasta que cerramos con una sonrisa, con una firma y una dedicatoria a esa mano trémula que sostiene su ejemplar y lo observa con ojos huidizos y nerviosos.
Eso es. Salir a caminar despacio (antes del epoc podía un poco más rápido), sentir el sol en la cara y fruncir el ceño, cambiar el rumbo de manera inesperada en una esquina cualquiera y dar con un árbol en el instante previo a reverdecer, algo más lento que los otros, quizá por su enorme tamaño, quizá por su enorme edad que hace que esté más lento. Quizá porque es su ciclo vital así y nada de lo anterior es válido.
Hasta acá llegué, entonces. No tengo mucho más  para dar. Simplemente me iré repitiendo año tras año, después de morir un poco, como los árboles.


Fernando
MMXVIII

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Consiglio Tour

Plaza Sinclair - Conejors - 2018


Mientras  pensamos si Plaza Sinclair [1] es un lugar imaginario, se nos ocurre que la literatura de Jorge Consiglio siempre nos invita a dar un paseo.  Ya sea por Marrakech, Villa del Parque, Diagonal Sur o Mogadiscio. Y si no es por un lugar específico, igual nos pide “Viajar, viajar” (así como Leonardo Favio nos pedía Soñar, soñar)
Plaza Sinclair es un poemario divido en tres partes: los cuadernos de Gari, el viaje –como no podía ser de otro modo– de Gari, y cenizas del insomnio, lo que da una idea de unidad a todo el libro. No es que los poemas no puedan entenderse en sí mismos, pero la idea de una narración está siempre presente.
A lo largo de estas páginas encontramos una poesía que podríamos asociar a lo conocido como “poesía de la observación”. Hay una gran acumulación de detalles en muchos poemas, incluso con marcas comerciales, que nos ponen en un aquí y ahora, en un mundo real:
Veo un muchacho
gordo, en cuero, sudado,
que corta el pasto
con una máquina eléctrica.
Lleva una gorra metida hasta las cejas
que tiene bordado el logo
de John Deere.
Mueve la cabeza:
el pensamiento
tiene ritmo

(“Mondo intacto”, pág. 27)


Este que ve, no solamente describe lo exterior, sino que se mete en la cabeza del muchacho que corta el pasto. Nos muestra el mundo interior además del mundo real. Mundo real que se enturbia a cada verso, ciertamente, como si a medida que leyéramos nos fuésemos embriagando y ya las cosas no fuesen tan claras como parecían. Y es así que debemos volver a empezar.
“El delirio revela una larga preparación en las tendencias antiguas del carácter”, dice la cita al comienzo. Y dice que la dice “J. L.”.  Y aquí otra vez se nos nubla la vista. ¿Por qué el misterio del autor de una cita tan clara? Entendemos que se refiere a  Jacques Lacan, aunque bien podría ser John Lennon, Juan Lavalle o el mismísimo Juanele, según sugirió Claudia López Swinyard el día de la presentación del libro.
Aquí sostendremos que remite a Lacan, gran teórico del delirio, que nos dice que la personalidad delirante es un proceso que viene de la normalidad previa (es decir, los rasgos que tenía el delirante antes de llegar a esta nueva situación) Y los dos delirios más famosos son el de grandeza y el de persecución, que en la misma intensidad y con sentido contrario afectan al país: los argentinos somos lo más grande que hay, escuchamos todo el tiempo. Pero también que siempre nos quieren perjudicar. Esto es visiblemente notorio en el deporte: desde Firpo para acá, pasando por la selección del ’66, Reutemann en el 82 o Maradona en el 94, creemos que hay un sínodo internacional que pretende perjudicar al argentino, que es más inteligente y capaz que cualquiera.
Tal vez por eso Plaza Sinclair lleva el nombre de un marino estadounidense que peleó en la Armada argentina, muchas veces a las órdenes del Almirante Brown. O elige a los gorriones, esos pájaros pequeñitos y del color de la tierra que con sus trinos son la representación de la alegría y el triunfo de los humildes para comenzar los cuadernos de Gari.
Apenas amanece
–a veces, antes–,
los gorriones bajan
 en bandada
de los árboles

(“Lo primero”, pág. 21)

Cuadernos que empiezan de manera estridente y a los gritos (la humedad es una trompeta;  pág 11) como el Combate de San Lorenzo (la calle Sinclair se choca con el Parque 3 de febrero). Alguien llama a otro / … a gritos pelados (Pàg. 12) ; La ventana, hijos de puta, grita la gallega (Pág. 14); Gari, gritan a la distancia (Pág. 15). Y otra vez en “Mondo intacto”, nos encontramos con un paroxismo de gritos:
Alguien grita.
Llama a otro,
a alguien que es sordo o está lejos.
No lo escucha y vuelve a gritar.
Es un grito desarticulado,
más de auxilio
que de convocatoria;
sin embargo, por el contenido
–se distingue un nombre propio–,
queda en claro que es de convocatoria.

Es un grito de hombre, grave,
Adelgazado por la tensión.

Es un grito crudo,
destemplado.

Se escucha tres veces
y, después, en el silencio,
se siente su falta.

(“Mondo intacto”; Págs. 27–28 –las negritas son mías–)

Asì como dice el poema, luego vendrá un silencio,  que nos llevará hasta una revuelta popular hacia el final. Es la utopía de las cosas posibles.

Volviendo a la escritura, digamos que este delirio que nos anticipa Consiglio se asemeja (en cuanto proceso, y no en cuanto delirio) a su propia evolución como escritor: en estos poemas está la escritura anterior: hay personajes, hay climas, hay descripciones y hay irrupciones del narrador / yo poético que se manifiesta en comentarios entre guiones, como puede apreciarse en las citas anteriores. Pero veamos un ejemplo del cuento “Diagonal Sur”, que abre Villa del Parque:
En junio de 1912, un buque mercante demoró más de la cuenta en entrar a Buenos Aires. Fueron horas de espera que los pasajeros –todos en cubierta– aprovecharon para reunir elementos con los que imaginarían el futuro. Vieron grúas, silos, un grupo de gente helada –la temperatura era de –2ªC– y el perfil dentado de una torre. El resto estaba vedado por la neblina. El descenso del barco –un completo caos– constituyó el fin de una etapa. Sin embargo, en la cabeza de los recién llegados se alojó la siguiente. Pensaron que la vida se iniciaba, que empezaban de nuevo. De la multitud se desprendió un muchacho –corpulento, alto, pelirrojo– que atravesó el puerto con paso rápido, como si lo conociera, y salió a las calles del centro.
(Villa del Parque; Eterna cadencia; 2016; Pág. 9 – Las negritas son mías)
Tenemos, en síntesis,  una poesía que proviene de unos cuentos y que guardan la marca de autor en su factura tanto como en sus imágenes: esa descripción de Buenos Aires y del pensamiento de los personajes nos remiten al muchacho que corta el pasto con su gorra de John Deere; así como a las irrupciones de un narrador que aparece generalmente entre guiones a contarnos detalles que nosotros, lectores, no deberíamos pasar por alto.

Jorge Consiglio

Fernando Berton
Setiembre, 2018




[1] Consiglio, Jorge; Conejos; 2018

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