"Derrotada como quien ya no sabe reconocer quién y qué" dice Raquel Robles un su artículo Tengo miedo, torero. Describe con belleza situaciones tristes. Pone a la belleza como medida de la felicidad, y viceversa. Como la luz y la oscuridad, y tantas otras cosas.
Pero quiero detenerme en el concepto de no saber reconocer quién ni qué. Porque, ¿cómo sabemos quién nos quiere bien y quien no? ¿Cómo reconocemos a los que nos quieren solo por conveniencia? O, lo que sería todavía peor, ¿no es acaso conveniencia querer a quien nos quiere, o veciversa, así mal escrito?
A mí me derriten las caricias en una tarde lánguida mientras en la tele discurre una película que no interesa demasiado, salvo por ser la excusa para las caricias. Una sonrisa enorme que se agranda y se agranda y se agranda mientras se acerca por el pasillo, que parece que va a comerme entero en un beso que no termina nunca. Tengo fe en los abrazos cálidos, firmes en los músculos pero trémulos en el alma en un reencuentro después de ¿cuánto, cuarenta años? Y lloro.
Lloro mucho. Porque las tristezas de mis muertos son el combustible frío de las risas que todavía me quedan. Porque cuando la tristeza es tan grande que se acerca mucho mucho mucho a la derrota, vienen al rescate los recuerdos de las risas, las caricias, las canciones y el amor de mis muertos. Porque quiero recordarlos así, alegres como fueron hasta que les tocó buscar otros rumbos.
Las lágrimas, vale decirlo, limpian el dolor insoportable de ya no ser como fui con ellos. Y, después de un rato, aclaran la vista.
Fernando
Julio, 2027

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