lunes, 13 de marzo de 2017

A la vera del camino



La vacación también es de medios, ya que al no tener wifi acá, dependo de ir a la YPF y mandar algunos mensajes por uasap. Sí hay televisión, así que me estoy haciendo una panzada de canal Encuentro, que hacía mucho no veía. Hoy el tema ha sido la problemática de género, con un muchacho homosexual y un resumen de la vida de Simone de Beauvoir.  Ya los vi dos veces, antes de salir y al regreso, pero qué importa.

El viaje de hoy: Ramos Otero y Solanet, algo así como 480 km. Entre una cosa y otra, sin música, sin radio, solamente el pensamiento y la atención a la ruta.

Todo lo demás está como entre paréntesis, aunque la radio y los diarios que encontramos cada tanto nos tengan al tanto de guerras, festivales de cine, asesinatos, críticas literarias y conflictos sindicales. Todo eso es, todo eso sigue; pero es y sigue en la tierra de nadie de dos parkings diarios, de dos islas que Fafner alcanza tras unos pocos minutos de marcha insignificante. [1]

La ruta pampeana es como fácil, ¿no? Bastante plana, largas rectas, curvas suaves. Nada que ver con el espectacular camino montañoso, que todo el tiempo se abre a nuevas dimensiones como un juego 3D. Y en cuanto a la vegetación, también parece simple: pastos y árboles y listo.
Paisaje rutero

Sin embargo, hay combinaciones extrañas a cada rato. De esos mismos pastos y esos mismos árboles. Muchos parecen plantados a propósito, y se intuyen casas, cascos de estancia por detrás. Otros, quizás sean errores y aparecen solitarios en medio de la nada, desafiando la llanura interminable. Que, aunque no lo parezca, termina. Yendo hacia el sur, Ramos Otero tiene dos entradas. Si uno decide optar por la segunda, a medida que avanza y se detiene, se puede observar el paisaje serrano que caracteriza a Balcarce, que está al alcance de la mano (pero fuera del espectro de este viaje). De hecho, el pueblo ya forma parte del partido de Balcarce, y se encuentra a solo 46 km de la cabecera del partido.

Al mediodía, el pueblo de Ramos Otero (debe su nombre a don Ignacio Ramos Otero, que donó el terreno donde se construyó la estación del tren) está tranquilo, y no se ve mucho movimiento. Tampoco parece que lo tenga, ya que consta de unas pocas manzanas.

Del lado oeste (considerando las vías) se encuentra la escuela 47, y del este parece estar la mayor cantidad de casas. Hay, también del lado este, una plaza con nombre grandilocuente: "Plaza de los sueños mágicos".

Estación Ramos Otero
La vieja estación del tren está bastante abandonada, pero aún hoy se puede apreciar la estructura: galpones para la carga, un andén de pasajeros, tanques de agua y bombas para reabastecer a las siempre acaloradas y sedientas locomototras a vapor.

Actualmente, el mayor cuidado que parece tener proviene de las ovejas, que mantienen el pasto corto. Y también de algún que otro caballo, que huirá espantado con el ruido de la cámara fotográfica.

Las ovejas, en cambio, comenzaron de pronto a venir hacia mi posición. Muy decididas, no dejaban de acercarse, lideradas por una oveja negra, y comenzaban a cerrar filas y mientras unas gritaban maaaa, a lo que la madre, yo supongo, les contestaba vaaaa.

Sé que las ovejas son herbívoras,  pero quien te dice que no andan comiendo cosas transgénicas y han desarrollado un gusto por la carne humana. Mejor salir.

* * *

hacer caso a las señales

Párrafo aparte merecen las señales del camino, en realidad, las que indican alertas o peligros: hombres trabajando, máquinas en el camino, animales sueltos. 
Pero algunas son verdaderamente insólitas, ya que advierten de cosas que deberían resolverse de otro modo, y no con un simple cartel. 
Aunque no es la idea de esta crónica opinar sobre estos temas. 
O no por ahora. 
Yo te avisé.

Day # 2 - marzo, mmxvii






[1] DUNLOP, CAROL y CORTÁZAR, JULIO; OP CIT, Pág. 111
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