sábado, 5 de noviembre de 2016

En auto hacia el destino

Consiglio, Jorge; Villa del Parque; Eterna Cadencia; 2016
Presentación de Villa del Parque, de Jorge Consiglio
Eterna Cadencia – 3 de noviembre de 2016

A Villa del Parque se llega en auto. Y se entra en Diagonal. En Diagonal Sur, más precisamente. Que, como bien dijo Christian Kupchik en la presentación, en realidad es Diagonal Norte. ¡Pero!, ¿en qué quedamos? No nos apresuremos: vamo a calmarno.
Diagonal Sur puede dialogar con un montón de otros textos. Por ejemplo con “Las hermanas”, de Clara Obligado[1]: es que Czibor Zakowicz (o su nieto Anatol) comparten puerto y también historia con el Jan Siedlecki de Clara, que llega a Buenos Aires en el tiempo de los conventillos, y hace una carrera como panadero, así como Czibor y su nieto lo hacen en la carpintería.
Kupchik nos dice que Consiglio, a quien no le gusta viajar, es un gran cartógrafo, que reconstruye Marrakech sin haber estado nunca allí. Que nos habla de la Diagonal Sur pero describe la vista de la Diagonal Norte. Que pone la mirada extrañada de unos inmigrantes polacos (como Obligado), pero también alemanes y coreanos. En efecto, el final de “Diagonal Sur” es una batalla entre una Suran (de origen alemán) y un Kia (de origen coreano). Esta batalla se resolverá a favor de uno de los dos, el lector desprevenido decidirá cuál.
Pero antes, un instante antes de esta batalla, nos queda espacio para otro diálogo: dice Consiglio:

Es por eso, justamente, que cuando cruzan Rivadavia y una mala maniobra –un cruce, una distracción, una torpeza– los pone en riesgo, la sorpresa les hiela la sangre. (Pág. 14)

Que podemos pensar que habla por teléfono con lo siguiente:

En Rivadavia un automóvil quiso detenerlo, pero una maniobra enérgica lo dejó atrás, junto con un ciclista cómplice.[2]

Los automóviles, en este caso, son el punto de fuga de la historia diagonal. No sabemos si sur o norte, la verdad, pero nos vienen a la mente esas películas de carreras de coches en las que el joven piloto que amenaza al campeón es atacado vilmente por éste, pero de todos modos triunfa. ¿Será este el caso en “Diagonal Sur”?

“Viajar, viajar” nos cuenta la historia de Canedo, que llega en micro a la casa de la infancia. ¿Puede un micro ser una máquina del tiempo?, se pregunta el lector desprevenido. Sí señor, cómo no, respondemos. Canedo llega a una casa que fue construida en el 22. ¿Mil nueve? ¿Mil ocho? Chi-lo-sa. Pero tampoco importa demasiado. El tema es que hace su viaje en el tiempo; viaja al pasado para asegurarse el futuro: quiere arreglar esa casa vieja para venderla, y así poder seguir invirtiendo en la última tecnología. (Canedo es un conspicuo comprador de celulares, tabletas, seguramente ultrabooks). Pues bien, para lograr su objetivo, va a una reunión pueblerina con el viejo, que lo conoce desde chico, y había sido gran amigo del padre de Canito (como le dice el viejo). Que lo llevará al encuentro de unos posibles compradores en una chata[3], primero asfalto, después mejorado, después tierra. El viaje al pasado está perfectamente contado en tres palabras.
Pero luego hay que volver, y el viejo está desaparecido. De modo que Canedo vuelve con los Irungaray, que son los posibles compradores de su casa. Vuelven en un Ford. No sabemos si viejo o nuevo, pero asumimos más moderno que la chata del viejo, básicamente porque ese auto generará un “quiebre de lo sucesivo. A partir de ahora, se empieza a contar otra vez de cero.” (Pág. 44).
Y otra vez la batalla. Aquí, previa a lo que va a resultar el desenlace de la historia, pero nuevamente los personajes viajan en auto hacia sus destinos.

Para terminar esta reseña, de manera arbitraria, claro, iremos al cuento “El que corre”. Aquí, el que anda en auto es un personaje secundario: Max Edelmann, austríaco, para más datos, y que estuvo en Vietnam. ¿De la guerra de Vietnam? ¿De un viaje turístico a Vietnam? No lo sabremos. Otra de las tantas intrigas que nos deja este libro. Pero sí sabemos que, en este caso, el auto es un vehículo a la felicidad. Vamos a hacer un cambio de estrategia, y dejaremos que el narrador se explique por sí mismo:

Edelmann anda por estos caminos con un Renault 4 que compró hace poco. Es un auto poco confiable, un cascajo. Es común ver al austríaco con la ventanilla abierta escupiendo carozos de aceituna. Es su estrategia de bienestar. Anda de un lado para otro con una sonrisa de oreja a oreja, como si la vida fuera una fiesta. Lo hace los domingos a la tardecita, por ejemplo. Todos están aplastados por el tedio y Edelmann se rescata con el auto. En esos momentos, en su cara alargada hay algo de sabiduría: entiende cabalmente –y esto responde a una conducta natural, no al resultado de un proceso de aprhenesión– que la actitud correcta es  moverse y dar pelea, aunque sin perder el sentido del disfrute”. (Págs. 87-88)

Hay más vehículos en Villa del Parque, como bicicletas, caballos, motos. Todos ellos, conducen a los personajes a sus destinos, de un modo u otro, a la vez que son portadores de un tinte de época: el automóvil como representante del corcel brioso de los caballeros que salen en defensa de sus damas (en “Diagonal Sur”), o llevan y traen al personaje de su pasado a su futuro algo incierto (en “Viajar, viajar”) o son testigos mudos de la felicidad posible que brinda un auto destartalado a un personaje secundario que sabe que la clave está en moverse (el austríaco de “El que corre”)

En suma, Jorge Consiglio nos lleva a pasear en auto, aunque a él no le guste viajar, y por esas ventanillas nos hace ver las vidas de unos personajes que viajan, a su vez, frente a nuestros ojos viajeros. Una cantidad de miradas fragmentadas en las vidas de estos Canedos, Zakowicz o Edelmanns (el protagonista, a diferencia del personaje secundario, no tiene ni nombre ni viaja en auto, solamente corre) que nos genera un vértigo y una tendencia irresistible a pensar una y otra vez en el rol del automóvil en los siglos xx y xxi: será un símbolo de la masculinidad en su peor sentido, y solamente se redime en el auto desvencijado, seguramente con la chapa picada, sin aire acondicionado, que logra eludir el indudable instinto suicida que sobreviene cada domingo a la tardecita.


Fernando Berton
Noviembre, MMXVI


[1] Obligado, Clara; El libro de los viajes equivocados; Páginas de Espuma; 2012
[2] Onetti, Juan Carlos; “Av de Mayo – Diagonal – Av de Mayo”; Cuentos completos; Alfaguara; 2009; Pág. 27.
[3] Que no tiene mayor definición. Suponemos un modelo viejo, pero claro, bien puede ser una moderna 4x4, que también reciben el apelativo de “chata”.
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