lunes, 4 de febrero de 2013

El Péndulo de Foucault

Umberto Eco nació en Piamonte en 1932, y enseña semiótica en la Universidad de Bolonia.

Su apellido no puede ser mejor imagen de lo que hace, que es repetir al infinito la simbología de los comportamientos humanos.

Con El Nombre de la Rosa, de 1980, nos sedujo con un monje que hace las veces de detective al mejor estilo del policial inglés (Agatha Christie, Ellery Queen, Sir Arthur Conan Doyle).


Un poco después, publica el Péndulo de Foucault, que a mi gusto es un poco más pretensiosa y menos atrapante, pero de cualquier modo recomiendo su lectura. Echa luz sobre un montón de cosas que aparecieron luego y, traducidas a un lenguaje más popular, lograron éxitos como El Código Da Vinci.

A continuación, un fragmento del capítulo 63 (que supongo lo puso en ese orden y no antes para evitar la comparación con la novela de Cortázar, pero que definitivamente resume todo el libro, y, me atrevo a decir, toda la carrera de Eco).

63
- ¿Qué te recuerda ese pez?
- Otros peces.
- ¿Y qué te recuerdan los otros peces?
- Otros peces.
(Joseph Heller, Catch 22, New York, Simon and Schuster, 1961, XXVII)

...

- Pim, los arquetipos no existen, sólo existe el cuerpo. Dentro de la barriguita todo es bonito, porque allí crecen los nenes, allí se mete, feliz, tu pajarito, y allí se junta la comida rica y buena, por eso son bonitas e importantes la caverna, la sima, el pasadizo, el subterráneo, incluso el laberinto, que está hecho como nuestras buenas y santas tripas, y cuando alguien debe inventar algo importante dice que procede de allí, porque también tú viniste de allí el día de tu nacimiento, y la fertilidad está siempre en un agujero, donde primero se maceró algo y después, sorpresa, un chinito, un dátil, un baobab. Pero arriba es mejor que abajo, porque si te pones cabeza abajo se te sube la sangre a la cabeza, porque los pies apestan y el pelo no tanto, porque es mejor subirse a un árbol para coger los frutos que acabar bajo tierra engordando gusanos, porque es raro que te hagas daño dándote por arriba (tienes que estar en una buhardilla) y en cambio sueles hacértelo por abajo, al caer, y por eso lo alto es angélico y lo bajo diabólico. Pero como también es cierto lo que que acabo de decirte sobre mi barriguita, las dos cosas son igualmente ciertas, es bonito lo bajo y lo interior, así como en el otro lo es lo alto y lo exterior; y aquí no cuenta el espíritu de Mercurio  y la contradicción universal. El fuego te calienta y el frío te provoca una pulmonía, sobre todo si eres un sabio de cuatro mil años, de manera que el fuego tiene virtudes misteriosas, porque también te sirve para guisar un pollo. Pero el frío conserva ese mismo pollo, y el fuego, si lo tocas, te hace salir una ampolla así de grande, de manera que, si piensas en algo que se conserva desde hace milenios, como la sabiduría, tienes que situarla en una montaña, en lo alto (ya sabemos que es bueno), pero en una caverna (que también es buena) y en el frío eterno de las nieves tibetanas (que es buenísimo). Y, si te intriga el hecho de que la sabiduría venga de Oriente y no de los Alpes suizos, has de saber que es porque el cuerpo de tus antepasados, cada mañana, cuando se despertaba aún en la oscuridad, miraba al este esperando que saliese el sol y no lloviese, vaya país.

(...)

Cuando ya me estaba durmiendo, Lía me tocó en un hombro.
- Se me olvidaba -dijo-. Estoy embarazada.


Eco, Umberto; El Péndulo de Foucault; Bompiani - Lumen - de la Flor; Buenos Aires, 1989; Págs. 325-326/328

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