Comprar RELACIONES

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miércoles, 15 de febrero de 2023

La publicidad y otras verdades

 



Sorpresas te da la vida, dice Rubén Blades en su famosísima canción “Pedro Navaja”. Algo similar podríamos decir de los anuncios callejeros que, por una vez, nos dicen una verdad: la vida y el trabajo como dos cosas separadas.

No por eso vamos a dejar de criticar el anuncio, ya que por más que se haga cargo de la alienación del trabajo, reproduce las cuestiones que tantas veces hemos mencionado aquí: el aviso toma un fragmento de realidad y le quita su significado para cambiarlo por otro. En este caso, al sentirse el trabajador alienado, lo que siente es agobio y solamente quiere salir del lugar de trabajo para ir a su casa, o a tomar algo con amigos o disfrutar una película. Pero aquí, este anuncio dice que si uno se gasta lo que no tiene, al salir del trabajo en esta camioneta se disfrutará de la vida. La vida que consiste en consumir, claro.

Pero bueno, no nos extenderemos más. Una vez en la vida encontramos una punta para analizar en un mensaje publicitario.

 

Fernando

Febrero, 2023 

domingo, 12 de febrero de 2023

Copia Original

 

Imagen: Mubi

Copia Certificada Abbas Kiarostami (2010 – Francia – 106min)

Protagonistas: Juliette Binoche, William Shimell

La película se inicia con la presentación de un libro titulado “Copia Certificada”, que indaga en el concepto de originalidad, no en el sentido de la idea sino en el de “autenticidad”, es decir, la obra tal y como sale del taller del artista. O lo que es lo mismo, la autenticidad estaría dada por la unicidad: esta obra es única, no hay otras como esta. Todas las demás son copias. O, en palabras de Walter Benjamin[1], “Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra”.

Y como para poner en tensión el alto concepto en el que tenemos a las obras originales, Elle (Juliette Binoche) le dice a James Miller (William Shimell), autor del libro en la ficción, que le dedique un ejemplar a su hermana Marie, quien se sintió atraída por el título ya que ella opina que “una buena copia es mejor que un original”. Y es en este concepto en el que queremos detenernos más que en la crítica al film en sí, que recomendamos y mucho, ya que está lleno de diálogos graciosos, una actuación brillante de Binoche y giros inesperados en la trama. Los diálogos al comienzo de la película son imperdibles, y como en algunos libros, habría que subrayarlos todos.

Pero volviendo: ¿qué importancia tiene la originalidad, o como queda dicho, la unicidad, de una obra? ¿Esperamos, acaso, que la obra nos transmita ese aquí y ahora que según Benjamin la hace irrepetible? Pero, ¿no hace a la obra de arte su espacio de exhibición? Cuando Duchamp expuso su obra “Fuente”, ¿no estaba diciendo que el museo hace a la obra de arte?

Dice Benjamin en el texto citado: Las circunstancias en que se ponga al producto de la reproducción de una obra de arte, quizás dejen intacta la consistencia de ésta, pero en cualquier caso deprecian su aquí y ahora. Aunque en modo alguno valga esto sólo para una obra artística, sino que parejamente vale también, por ejemplo, para un paisaje que en el cine transcurre ante el espectador. Sin embargo, el proceso aqueja en el objeto de arte una médula sensibilísima que ningún objeto natural posee en grado tan vulnerable. Se trata de su autenticidad.

En la película, el protagonista en un momento comenta que de tanto hablar, se está perdiendo el paisaje, con lo que parece estar de acuerdo con Benjamin. Sin embargo, inmediatamente acota: “Mira estos cipreses, son bonitos y son únicos. Es decir, nunca verás dos cipreses iguales. Son viejos. Alguien me dijo que un sitio hay uno que tiene mil años. Originalidad, belleza, antigüedad, funcionalidad… esa es la definición de una obra de arte. Solo que en este caso no están en un museo, sino en pleno campo… por lo que nadie repara lo suficiente en ellos”. Y aquí discute con el texto de Benjamin en el sentido de que considera que un árbol puede ser una obra de arte en tanto y en cuanto alguien lo mire de esa manera. Es decir, ¿por qué un árbol pintado es arte y no el árbol mismo? La pregunta parece responderse porque al árbol no lo hizo un artista. Es el artista el que hace objetos de arte, los objetos que están en el mundo y no los hizo un artista, no son arte. Eso parece implicar el concepto benajaminiano de que ningún objeto natural posee autenticidad.

Esta afirmación, entonces, nos conduce a creer que los objetos de arte y su originalidad están pensados como objetos de consumo, como mercancías. Si esto es así, entonces la originalidad pasa de ser una cualidad estética a tener un valor de mercado, un precio. Por eso el original vale más que la copia, que la falsificación. Dentro de este ideario, la mala obra original es mucho más valiosa que una excelente copia. Valiosa en dinero, aclaramos, porque hay aquí una sutil transformación: al preocuparnos por la originalidad de un objeto, ya no nos interesa su esencia en tanto que objeto de arte, sino por su precio. Un Picasso original vale millones. Una copia, con suerte, decenas de miles. Estamos, entonces, en una brutal alteración del aquí y ahora de la obra al trocar placer por negocio: nos gusta esta obra por lo que vale y no por las sensaciones que nos produce observarla. Apreciamos la técnica del autor en moneda de curso legal y no en cuanto a admiración por la maestría con que el artista ejecutó su obra. Por eso es que James comenta que los humanos olvidamos el placer, la diversión: quizás quiere decirnos que no perdamos de vista que disfrutar de una obra de arte no tiene por qué ser algo costoso. Entonces, si vemos reproducciones de un Caravaggio o de un Da Vinci, tendríamos que tener en cuenta, por sobre todas las otras cuestiones, el placer que ello nos produce.

Una última cosa: si lo que queremos es hacer negocios, entonces compraremos un reloj carísimo. Pero si solamente queremos saber la hora, con el reloj de pulsera de plástico nuestro objetivo se cumple de igual modo. En palabras de James, “no considero nada sencillo llevar una vida sencilla”.

Fernando

Febrero, MMXXIII



[1] Walter Benjamin, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”; 1936

miércoles, 8 de febrero de 2023

Un mundo mejor

 




Leí estos días una publicación en FB donde la autora decía que su papá y su mamá militaban para que todos los chicos “puedan tener una bicicleta, del color que quieran”. Y esto me mueve a reflexionar que esa militancia reproduce el sistema capitalista y de extracción. En efecto, más bicicletas implican más trabajo, sí, pero a la vez más personas que se desplazan hacia las fábricas, más materia prima, más emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI), más extracción. Al cabo de unos pocos años, por otra parte, las bicicletas dejarán de estar de moda, muchas fábricas cerrarán, muchos empleados se quedarán sin trabajo y el mundo será un poco peor.

Nadie come dinero, dice Ailton Krenak, chamán, filósofo, líder indígena y escritor brasileño. Es interesante notar que su propuesta es de “decrecimiento”, es decir, dejar de propender a un progreso infinito, ya que el planeta que habitamos tiene recursos finitos. Su capacidad de regeneración es asombrosa, pero ciertamente está llegando a un límite. Vemos cómo el cambio climático mueve multitudes todos los años para reunirse en las Conferencias de las Partes (COP), que va por la 27, en busca de solucionar el tema de la emisión de GEI. En esa línea, la industria aeronáutica trabaja para lograr que los aviones consuman menos combustible, emitan menos del 40% de CO y utilicen Combustible Sostenible de Aviación (SAF, por su sigla en inglés) que tienen el potencial de reducir hasta en un 80% las emisiones de GEI.

Por su parte, la industria automotriz marcha hacia los autos eléctricos, alimentados por baterías de litio. Litio que en su mayor parte se obtiene de salares, y que para obtenerlo se necesita, entre otras cosas, mucha agua. Recurso que suele escasear en los salares, por cierto.


Todas estas acciones que promueven la utilización de medios más amigables con el ambiente, en el fondo ocultan una o más trampas: por un lado, dejar de extraer un recurso para extraer otro, a la espera de que aparezca en el medio algo mejor. Luego, que tanto los aviones como los autos tienen enormes cantidades de partes y accesorios de plástico, que son derivados del petróleo. Y tercero, que lo que se busca es la expansión de esas industrias. Y cuanto más autos y aviones, más gente que se desplaza de un lado a otro, contribuyendo así a generar más consumo, etc.

En la base de ese sistema está la publicidad, que pone a pensar a las personas en comprar bienes o servicios para ser felices (toda publicidad, como dice Umberto Eco, sostiene que el objeto del consumo es lograr la felicidad), de modo que tener una bicicleta o viajar a Venecia forman parte del mismo modelo: la implantación del deseo de consumir. Cuando viajar a Venecia no es posible, entonces el trabajador se contenta con comprar una bicicleta. [1]

En definitiva, luchar por un mundo mejor debería tratarse de luchar por un modelo distinto. Sostener el capitalismo en cualquiera de sus formas nos está llevando a la destrucción. El planeta ha pasado ya por catástrofes naturales enormes y se recompuso. Pero hasta donde se sabe, las catástrofes naturales no son evitables. El cambio de un sistema, sí.

 

Fernando

Febrero, 2023

 

 



[1] Que luego los visitantes de Venecia se horroricen al ver trabajadores en relucientes bicicletas es otro tema que no vamos a analizar aquí pero que forma parte del sistema de odio de clase, porque esa es otra de las patas: las publicidades se emiten para todos, pero implícitamente los viajeros creen que solo unos pocos pueden ver cumplidos sus sueños.

domingo, 5 de febrero de 2023

Autobiografía robada a Günter Frager – Epílogo

 



… por haber tenido tan honrosa determinación como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y casi muerta orden de la andante caballería, gozamos ahora (…) no solo de la dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della, que … no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia.

Don Quijote de la Mancha – Capitulo XXVIII

Dentro de una semana seré desconectado del híper plasma. Tengo sentimientos opuestos: me da un poco de temor y de ansiedad saber que ya no voy a estar consciente (esto no puede llamarse vida). Sin embargo, sé que llegar a un final es darle un sentido a la existencia. Y estar o no, no significan tanto. Millones de personas han muerto y sin embargo son recordadas por sus obras, artísticas, sociales, científicas. Permanecer por un tiempo indeterminado no nos hace inolvidables. Tantos otros millones han muerto y nadie sabe que pasaron por el mundo. Y esta situación de completa virtualidad es una pura fantasía de quienes hicieron del mundo un lugar inhabitable. Tenía razón la vecina del departamento “C”, la humanidad ya no existe.

El comité decidió que durante esta semana recopilarán mis recuerdos en forma de novela para cubrir cualquier vacío que pudiera ocurrir cuando me desconecten. Así esperan que no quede en la nada mi paso por el híper plasma. Aunque no tanto por la importancia de mis recuerdos por sí mismos sino por la relación con los SHP’s que permanecen.

*

Mañana será el día. No siento nada especial. Guardo la esperanza de encontrarme con Laura M., pero no tengo fundamentos para sostener esa esperanza. Es solamente un deseo. Cuando acepté pasar al híper plasma lo hice porque me habían dicho que con la imaginación todo era posible. Sin embargo, jamás pude imaginar a Laura M. de modo de poder conversar con ella, reírnos, tocarnos o al menos mandarnos mensajes. Y aunque pude entablar otras relaciones, jamás conseguí olvidarme de Laura M. Pero no es eso, sino que no tuve una relación no digo igual, al menos que se acercara un poco. Nada.

Entonces, ¿para qué seguir? Existir deseando lo que no se puede hace que lo que sí es posible se convierta en una molestia, una espera infinita: que se termine esto de una buena vez para poder continuar. Por eso estoy tranquilo: mi vida tendrá un final y sabré si valió o no la pena.

FIN

 

Fernando

Enero, MMXXIII 

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