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sábado, 23 de marzo de 2013

Arte de vivir bien - ·3


Capitulo 3


El recuerdo lo atacó sin piedad desde el medio de un sueño que le estaba ocurriendo en un estado de semiinconsciencia que redujo todo a un despertar violento, de un correr de lado a lado de un túnel húmedo, hediondo, lleno de demonios y seres sufrientes que lo miraban con desolación entre piadosos y llenos de rabia aunque un poco satisfechos al ver uno nuevo que reforzaba la idea de que los humanos siempre estarían cometiendo torpezas incesantemente por más que el avance del conocimiento fuera cada vez más accesible por todos los medios existentes que divulgan los últimos descubrimientos, recomendaciones y medidas profilácticas para prevenir casi cualquier enfermedad, plaga, ira divina o tabla del descenso.

Estaba Remo en su primer día de clases, rodeado por una tribu enemiga de caritas somnolientas y legañosas como la de él, pero todos en un mismo bando, y él ahí, solo enfrentando a los guerreros del mal que venían con sus delantales impecables y los pliegues de recién comprados y con olor a apresto y almidón, casi con las etiquetas de Casa Tía colgando de los cuellos, casi azules como icebergs pequeñitos que han salido a la deriva después de caerse estrepitosamente desde el ventisquero de un glaciar. Y todas esas caritas apenas despertadas, lo miraban a él, con su guardapolvo remendado ya el primer día de clase, y con un ruedo que llegaba casi hasta las rodillas, y las mangas dobladas en varios pliegues porque era el guardapolvo de séptimo de su hermano, y que aún conservaba vestigios de escrituras hechas por los compañeros egresados hacía un par de años, y que la lavandina no había podido desterrar del todo, y tampoco los innumerables esfuerzos de su mamá con el cepillo y el jabón federal dale que dale restregando en la tabla de lavar, ni el lavarropas semiautomático kacemaster ni las plegarias infinitas de Remo para que la tía Marta se apiadara de él y le comprara un regalo de cumpleaños anticipado para no tener que ir con ese guardapolvo ajado, añoso, que le hacía saber cuánto le faltaba a su cuerpito frágil para llenarlo y que no pareciera un disfrazado, para que los más grandes pusieran en palabra lo que los más chicos aún no se animaban a decir pero que seguramente pensaban, che, el carnaval terminó hace un mes, miren a este pobre infeliz, como llora el mariquita sanchez ja ja ja te vamos a romper el culo a patadas gil

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