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domingo, 14 de junio de 2020

Llega el otoño


23 de marzo de 2020

Cuando empezó la cuarentena, la primera sensación fue de alivio por no tener que ir a trabajar. Pero pronto se volvió de angustia por no poder ir a visitar a Mariela, que por entonces todavía la estaba peleando. Y luego se tornó aburrimiento de no poder salir, apenas para ir a comprar. El aislamiento me convirtió en un perfecto consumidor: de películas, páginas web, ir al supermercado. Leer pronto se volvió algo imposible, no puedo esbozar un motivo. Leí El Eternauta, un poco del Quijote y no mucho más. Quise animarme con Almudena Grandes, pero no hubo caso. No encontré placer en la lectura.

Atardecer


Me dediqué, entonces, a ir a la terraza a tomar un poco el sol. Y pronto descubrí que el árbol que está al lado ya había empezado a vestirse de otoño: en sus ramas más altas las hojas se hacían furiosamente amarillas, mientras que conservaba algunas verdes en las inferiores. Así, cada día, le fui sacando fotos. Después dejé, porque apenas le quedaban una docena de hojas, que ayer, 13 de junio, con el viento frío de la mañana, desaparecieron.

Colores por la mañana

Los días fueron pasando entre películas y noticias de Mariela, que de a poco empezaron a empeorar. Y entonces me pregunté si valía la pena seguir sacándole fotos al árbol. Si valía la pena mirar películas, leer el diario. Fui dejando de leer las noticias, apenas pasar por los titulares. Después armé un pequeño archivo con la pandemia en los medios. Que en realidad, ahora me doy cuenta, es de un solo medio, el diario que leo siempre. Y mientras tanto seguía con el diario que llamé Paréntesis, por el ASPO y por Mariela, que seguía en coma inducido. Hasta que un día llegó la peor noticia: en el quirófano, cuando le iban a “hacer una limpieza” (que significaba amputaciones) sufrió un paro cardíaco de ocho minutos. Todo ese tiempo fue tremendo y le provocó un daño neurológico que no se podía dimensionar concretamente pero que, según me dijo el médico la última vez que fui a la clínica, harían que no volviera a tener una vida independiente.

Colores por la tarde

Todo puede pasar, decían los amigos. Hay que esperar, las cosas hay que verlas en perspectiva. Pensé que así como el árbol, que a la mañana se ve de un color y a la tarde de otro, según como le da el sol, podría ser que, si se recuperaba, podría volver a hablar, a reírse, a ser la de antes.

Hasta hace una semana, el árbol de al lado conservaba una docena de hojas. El viento de ayer se las llevó, como una arritimia pronunciada se llevó a Mariela el 3 de mayo. El árbol, ahora, descansa. El año que viene volverá a tener hojas.


Fernando Berton

Junio, MMXX


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