miércoles, 28 de marzo de 2018

sin convicción

Chinos oxidados

Ahora son las 14:12 Supongo que llegué a este bar hace una hora. El tramo City Bell – Villa Elisa lleva cuatro minutos. Bajé sin mayor convicción. No sé muy bien –sigo sin saber– qué quiero de este viaje. Bajo porque necesito ir al baño, después de tres horas de haber salido de casa. La estación CB tiene baños, pero están con llave. Camino hacia lo que considero que es el lado sur. Hay unos monoblocks pomposamente llamados Torres del sol. Camino por la calle 419, que tiene un bulevar, y me llaman la atención unas estructuras metálicas que parecen esas horripilantes figuras que semejan un chino que sostiene el canasto de la basura. Pero estas son mucho más grandes, no sostienen ningún canasto, me invitan a tomarles unas fotos. Camino y veo que los monigotes oxidados tal vez fueron chimeneas. Ahora solamente están ahí oxidándose en lo que queda de una demolición o derrumbe o ruina de una fábrica, qué-se-yo. Hay más movimiento del esperado y no da mear en la calle. Paso por un bar de una franquicia. Miro un poco la decoración y no me gusta. No tiene personalidad. Vuelvo al bulevar para volver a la estación. Tomar el siguiente tren. Este viaje está definitivamente estropeado. No sé para qué estoy haciéndolo. Ya vencido, decido no darme por vencido y entro en La Casona – café y bar. Hay varios viejos que almuerzan. Solos. Como yo, que pronto seré viejo.

Chinos en el baldío

De los platos del día, elijo la bondiola con ensalada y una cerveza. Y luego, por fin, voy al baño. Mientras meo espero que no me roben la cerveza. O encontrarme con alguien que se haya adueñado de mi mesa. Esas cosas que suelen pasar en los viajes sin sentido. Como este. ¿Qué hago yo acá, en Villa Elisa, además de mear y desperdiciar mis vacaciones?

Vuelvo del baño y encuentro una panera, un rollo de servilletas, cuchillo y tenedor, ningún invasor. Saco el cuaderno con la intención de anotar algunas ideas. Me llama la atención una pequeña biblioteca. Me acerco. Hay títulos diversos, y me detengo en un volumen no muy grueso, de lomo blanco y verde. Lo agarro: Trafalgar, de Angélica Gorodischer. (Todo lo que leí de Gorodischer es de Violeta). A este lo edita Página 12. Sonrío. Abro y en la página 18 la autora recomienda leer en el orden propuesto. Vuelvo a sonreír, y miro de soslayo hacia la mochila donde descansa, por ahora, Rayuela (que, intuyo, debe sonreír a su vez). El bar Burgundy que describe el primer capítulo (¿cuento?) se parece bastante a La Casona – café y bar. La contratapa nos dice que Trafalgar Medrano es un viajante de comercio intergaláctico.



Me quedo leyendo un rato, hasta el final del primer capítulo – cuento. Y después volver a casa: no podría tener más suerte hoy.





Fernando
Marzo
MMXVIII

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