viernes, 24 de marzo de 2017

Casi llegando al semáforo



Tardé unos momentos en darme cuenta del silencio. Todavía recordaba el auto corriendo por la avenida, los cambios ascendentes, hasta lograr una melodía armónica de cigüeñal y cilindros, hasta detener la marcha en el semáforo. Entonces me dí cuenta de que la casa estaba en total silencio. La noche estaba en su plenitud, y por un instante pensé que todavía escuchaba el ronroneo del motor, el sonido del embrague al soltar los engranajes para poner segunda, tercera, frenar un poco para doblar y estacionar frente a la casa. Esa última vez desde la mía.

En el silencio de mi casa, en la soledad de mi noche, me dí cuenta también del final de las vacaciones. Ya hace unos días que vengo demorando el final de esta serie. Quiero pensar que el descanso sigue, que no tengo que levantarme a las seis y media lavarme la cara apurado y espantar el millón de moscas que rondan por mi cabeza. Que el tren atiborrado que estoy a punto de tomar se vaciará por completo y podremos subir tranquilos hasta la estación terminal.

Pienso que en cualquier momento voy a poder bajar y caminar un poco por el costado de la ruta a tomar fresco, el viento en la cara y el ruido que crece de a poco por la ruta hasta un golpe de aire desplazado con violencia de sopapo por un camión enorme que entonces empieza a alejarse para dejar un aire vibrante por unos momentos, mientras el horizonte termina por hacerlo desaparecer, y lo que se escucha es todavía el motor lejano, o tal vez se oye el recuerdo.




Hay un momento de indecisión, como de ángel que lleva un mensaje muy importante por primera vez y no sabe si su batir de alas sutil es verdaderamente sutil o un estrépito de helicóptero de transporte de tropas. ¿Dormir? ¿Seguir bebiendo hasta olvidar el recuerdo? La noche está estrellada. Miro por la ventana por última vez. El recuerdo vuelve despacio y se sienta ahí a un costado. Me pasa el brazo por los hombros. Me mira con una sonrisa, y se queda ahí, en silencio. Mientras la Luna se mueve despacio por el cielo.


Ir hacia adelante en el tiempo parece ser la única alternativa que nos queda. Parece ser que no es lo mismo arreglar el pasado en el presente. Las disculpas son como cicatrices que nos recuerdan la cirugía, la lastimadura en el alambre de púa, el vidrio que estaba esperando la mano al apoyarse en la tierra para amortiguar la caída.

Y la felicidad entrevista cuando se cumpla una serie de coordenadas y condiciones es como el agüita que se ve en la ruta cerca del mediodía allá a lo lejos, en ese espacio que mezcla los dos bordes del asfalto con la línea del final del mundo, y que un poco antes está lleno de agua imaginaria, como un lagrimal tapado que se llena y se llena pero no pasa nada, solamente se enturbia un poco la vista, se frunce algo la nariz como para estornudar, pero tampoco.


El martes sigue al lunes; la tarde a la mañana.
Cierro la ventana. El recuerdo se desvanece gradualmente, como el camión en la ruta, como las vacaciones que poco a poco se van convirtiendo de nuevo en día a día, el despertador, la ducha, el tren, nueve horas para volver a la casa sola. A veces fría. Correr la cortina, entibiar un poco las sábanas. La oscuridad otra vez. Y después nada.



Día # 5 - final; marxo mmxvii

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