jueves, 7 de marzo de 2013

Lucha cotidiana


La cosa no pasa de ahí. Vamos a tomar unas copas y después volvemos, no muy tarde, no muchas copas, mañana será otro día de trabajo y no se puede llegar después de hora.
El tren se ha demorado, el cantinero se ha olvidado los pedidos, las chicas están muy ansiosas. Todo hace que nos quedemos más de la cuenta, que bebamos y besemos y sigamos de largo.
Doscientos pesos salió todo, y como de costumbre la mayor parte la tuve que poner yo.  Hace tiempo que pienso que esto no puede continuar así, y así estoy noche a noche.
Ya me cansé de poner excusas en el trabajo por las llegadas tarde.  Esta vez diré que me quedé bebiendo más de la cuenta, demasiado tarde, demasiado sexo.  ¿A quién puede importarle?

Me echaron. No les importa, y así están las cosas ahora. Sin trabajo, ya no podré salir cada noche. Vienen a buscarme, pero les digo que no tengo dinero. No les importa. Ellos pagarán.
Y pagan. Por sexo. Por alcohol. Por algunas drogas. Ya no puedo llegar tarde, así que me quedo hasta que no puedo más, hasta que el estómago se me da vuelta y el mundo gira más rápido que cualquier calesita de barrio.
Entonces, sobreviene un sueño pesado y espeso. Es como soñar en un mar de polenta con queso muy caliente. El gusto está disolver todo despacio entre los dientes, y tragar cuando está tibio. Y apurar un trago de vino oscuro y maduro.
Tengo de pronto un cuerpo entre las piernas que no reconozco. Se mueve apenas, y yo casi no respondo a sus estímulos. Pero todo pasa, y el cuerpo gime y yo me retuerzo un poco hacia un costado, para seguir con el sueño.
La mañana pasa de largo y la tarde casi está terminando cuando todo vuelve a empezar. No tengo trabajo. No importa. Nos drogamos. Nos cogemos. Salimos al aire de la noche a revolver los estómagos.
Hace dos tardes perdí un diente. Creo que en una pelea con unos ángeles que pasaban por ahí. Dicen que por diez pesos que estaban tirados en la vereda. La verdad no lo sé. Los ángeles no han vuelto, y mi diente tampoco.
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